DE PANDEMIAS Y TENTÁCULOS: METÁFORA DE LA VIRTUAL HOMOGENEIZACIÓN TEMPO-ESPACIAL EN PANDEMIA

Hoy es martes. Pero bien podría ser jueves, o quizá domingo. Los días pandémicos se parecen tanto que a veces nos mensajeamos un domingo con nuestrxs jefes porque, la verdad, no nos percatamos estar fuera de horario. Y a ellxs mucho no les importa pues el WhatsAppeo no se paga.

Es que la pandemia sepultó muchas cosas. Y una de ellas es el desdibuje total de la frontera de lo público y lo privado. Ese debate que llevaban años dando los estudiosos de las ciencias sociales y el mundo de la comunicación, centrado en qué se puede hacer público y qué no, la pandemia dirimió. El resultado es que hoy la homogeneización tempo-espacial es un hecho y lo público y lo privado ya se ubican en un mismo punto.

En la actualidad hacemos todo en una cantidad de metros limitada, o al menos quienes tenemos el privilegio de hacer cuarentena. Ayer el traslado de nuestros cuerpos y el tic toc del reloj marcaban las fronteras de lo público y lo privado. El reloj nos despertaba por la mañana, desayunábamos, nos higienizábamos, ropa y chau. Privado. Luego salíamos al trabajo, público. Después hacíamos otras cosas dependiendo de nuestros intereses. Íbamos a la universidad (en ciertos casos), público; salíamos con amigxs, familia y/o compañerx (s) sexo-afectivx (s) a hacer cosas varias, privado.

UNIDOS POR UN LINK O LA INMATERIALIDAD DE LAS RELACIONES PANDÉMICAS

El tic toc del reloj está ahora a la par del Tik Tok (aplicación móvil). Y a la par del trabajo. Y a la par de la vida universitaria. Y a la par de la vida sexual. Y a la par de las relaciones familiares. Porque la vida pandémica transcurre en un link. De zoom, de Google Meet, de campus universitario, de Facebook, de Instagram Live, de Twitter. Si tenemos el privilegio de poder conectarnos, privilegio otra vez.

No sé qué habrá pensado usted queridx lectorx cuando se anunció la cuarentena. Aquí, quien le escribe, sintió un poquito de placer, quizá de los últimos que sintió en este proceso. Serían acaso unas nuevas vacaciones, habría más tiempo para hacer cosas en casa. Quizá un momento para ver esos tutoriales archivados de cosas para hacer en cinco minutos (que en realidad nunca son cinco, nunca, nunca) o hacernos masajes con huevo para recuperar el cabello seco. Pero pasó marzo, vino abril, llegó mayo. Y en junio ya basta, no resisto más. ¿Te pasó a ti también, queridx lector?

La vida pandémica tras la pantalla del computador o del celular nos transformó en un pulpo. ¿Recuerdas el capítulo en el que Bob Esponja y Patricio fueron padres de una almeja y Bob se quedó en casa haciendo mil cosas, sin poder salir, y le salieron un par de brazos a los lados por hacer tanto? Así estamos, sin perder de vista la cuestión de género en este asunto, que ya tiene notas aparte. Este desdibuje de la frontera- me gusta entender la frontera no como un límite que separa sino como un puente que une- de lo privado y lo público homogeneizó los días y borró esos puentes que unían el pase del trabajo a la facultad o de la facultad a las salidas con amigxs/familia/compañerx (s) sexo-afectivo(s).

Hoy frente a la pantalla, mientras estudiamos en la Zoom-University recibimos mensajes de WhatsApp de nuestrxs jefes (sí, el WhatsApp ya es público, adiós a esa privacidad), charlamos con nuestrxs seres queridxs, limpiamos hasta sentir haber eliminado el coronavirus de nuestros espacios, miramos como crece en el horno esa receta de Paulina Cocina y así. Todo a la vez. En un mismo espacio social-temporal.

Inauguramos la Pul-pandemia. Nos convertimos en verdaderos pulpos que, con sus tentáculos, en un mismo lugar, hacen de todo. Kafka fliparía como los de las series de Netflix. Gregorio Samsa de la mañana a la noche se convirtió en un insecto. Nosotrxs, en algún momento indeterminado, nos transformamos en un pulpo.

Imagen recuperada del sitio elpuertolibre.cl

Unas cuantas mil veces, la metamorfosis fue interpretada de manera diferente. Hay quienes dicen es una metáfora del trato dado en una sociedad autoritaria y burocrática hacia el sujeto diferente. Otros la ven como la identidad desdoblada de Kafka, entre una nostalgia por la identidad judía de sus abuelos y la no pertenencia a la Praga de su padre. O sencillamente como una pincelada literaria del egoísmo humano.

Sea como sea, esta majestuosa obra fue escrita producto del insomnio de un autor que, entre alucinaciones y quimeras dio vida a esas pocas-grandes páginas. El mismo insomnio que quizá tenemos muchxs, en esta pul-pandemia.

Al final de la historia Gregorio Samsa es encontrado muerto y luego tirado a la basura mientras quienes lo rodeaban comienzan una nueva vida. ¿Del final de nuestra pul-pandemia? Ni los sociólogos pos-doctorados podrán decirnos, exactamente, qué sucederá.

Lo cierto es que el mismo egoísmo percibido en La Metamorfosis kafkeana se vive hoy en plena pandemia, con una elite enviando órdenes desde sus islas-casas paradisiacas al mismo tiempo que la clase trabajadora continúa produciendo riqueza para ellxs. Desde la calle pandémica o la pul-pandemia virtual que nos está volviendo locxs. Porque las casas y ambientes con lujos y comodidades el pueblo las ve en Tik Tok.

Hay quienes ni el sol llegan a ver. Desde casas precarias donde la harina y el té son los únicos infaltables, ni si quiera se piensa en el mañana.

Hoy es siempre, tratar de sobrevivir.

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